Sócrates 4
6. La refutación como
purificación y estímulo
para la investigación. La
mayéutica.
La refutación busca hacer consciente la ignorancia, por eso no llega necesariamente a conclusiones positivas, y puede llegar a ser preparación y estímulo para investigaciones ulteriores. Ello a veces resulta irritante para el interlocutor.
"He aquí, por Heracles —dice Trasímaco en República, 337 y sigs.—, la ironía habitual de Sócrates. Yo sabía, y se lo dije antes a esta gente, que tú no querías contestar y que emplearías la ironía y harías cualquier cosa antes que contestar, si alguien te interrogara. Ésa es tu costumbre: no contestar nunca sino, cuando otro contesta, tomar su discurso y refutarlo... He aquí la sabiduría de Sócrates."
Trasímaco personifica a quienes no comprenden el significado de purificación espiritual que la refutación tenía para Sócrates y también —según Proclo, In Parmen., I, 7— para los eleatas y especialmente para Zenón: "Zenón refutaba a los que afirmaban la pluralidad de los entes y purificaba su pensamiento de la tendencia a lo múltiple pues la refutación es una purificación y liberación de la ignorancia y un encaminamiento hacia la verdad".
Para Sócrates, como para los pitagóricos, la purificación y liberación de los espíritus era una exigencia religiosa: sólo mediante ella un espíritu cegado por el error puede reconquistar la vista y hallar el camino de la verdad y del bien. Sócrates considera el hecho de que se lo refute como un beneficio que recibe, igual al que presta a los demás cuando es él quien les refuta sus errores.
"Y, ¿qué hombre soy yo? Uno de los que se dejan refutar con gusto cuando dicen cosas no verdaderas y refutan con gusto a los demás cuando son ellos quienes dicen algo no verdadero y no experimentan más molestias al ser refutados que al refutar; antes bien, creo que aquello es un bien mayor, en cuanto hay más ventaja en ser liberado del peor de los males que en liberar a otros." (Gorg., 458.)
Esta liberación no sólo es un beneficio, sino una exigencia fundamental en el método socrático, según lo explica el Sofista platónico:
"A algunos les parece que cualquier ignorancia es involuntaria y que nadie querría nunca intentar aprender lo que ya cree saber, de manera que la forma de educación exhortativa a duras penas consigue un muy pequeño provecho. Ahora bien, cuando alguien cree decir algo bueno acerca de cualquier asunto y no dice nada, ellos lo van interrogando y, ligando sus opiniones mediante razonamientos, le demuestran que están en contradicción consigo mismas sobre el mismo asunto, al mismo respecto y en el mismo sentido. Entonces ellos, al reconocerlo, se enojan consigo mismos y se hacen benévolos con los demás y se liberan así de opiniones ásperas, con la más segura —para quien la experimenta— de todas las liberaciones. Pues quienes los purgan piensan de la misma manera que los médicos del cuerpo que no creen que éste pueda, antes de expulsar el obstáculo que lleva dentro, aprovechar el alimento que se le ofrece. La misma persuasión tienen los médicos del alma, es decir, ésta no puede aprovechar la enseñanza antes de que la refutación, haciendo que el refutado se avergüence, no le haya sacado las opiniones que le impedían aprender y lo presente puro y convencido de saber sólo lo que en verdad sabe y nada más." (Sof., 230.)
La refutación al engendrar metódicamente la duda es preparación necesaria y estímulo para la investigación.
"¡Oh, Sócrates!, antes de que te conociera me dijeron que todo lo que haces es crearte dificultades a ti mismo y a los otros a fuerza de sembrar dudas en tu cabeza y en la de los demás. Pareces un torpedo marino que deja aturdidos a cuantos lo tocan. Tú me produjiste un efecto semejante: me has aturdido el alma y ya no sé qué contestarte." "Yo —responde Sócrates— me parezco al torpedo si estando aturdido puedo producir en los demás el mismo aturdimiento pues no se trata de que yo esté seguro y siembre dudas en la cabeza de los demás, sino de que, por estar yo mismo más lleno de dudas que cualquiera, hago dudar también a los demás." (Men.t 80.)
Después de haber refutado el error del esclavo interrogado acerca de un problema geométrico, Sócrates observa:
"El esclavo creía saber y contestaba como quien sabe y no tenía ni siquiera la más mínima duda; ahora la tiene: no sabe ni cree saber... Pero, ¿no sabe ahora más que antes? Y al colmarlo de dudas y de aturdimiento, ¿le hicimos daño?" "No". "Más bien me parece que lo hemos encaminado al descubrimiento de cómo es el problema; pues ahora, aunque no sabe, puede buscar con gusto, mientras que antes, sin reflexionar y convencido de que hablaba con razón, habría afirmado que un cuadrado doble debe tener doble lado." "Así es." "Entonces, ¿piensas que se habría puesto a buscar y a aprender lo que ya creía saber, de no sobrevenirle la duda, la conciencia de su ignorancia y el deseo de saber?" "No lo creo." "De manera que ese aturdimiento le ha sido útil." (Men.t 84.)
Después de la refutación, tenemos una segunda parte del método socrático, la mayéutica o arte del alumbramiento...
"¿No has oído decir—pregunta Sócrates, Teet., 148 y sigs.— que yo soy hijo de una hábil y renombrada partera, Fenareta?" "Sí." "¿Y oíste decir, también, que me dedico al mismo arte?" "Eso no." "Pues bien: sabe que ésa es la verdad. Reflexiona en lo que concierne a las parteras y comprenderás mejor lo que quiero decir ... ¿No es natural y necesario que a las mujeres encintas las reconozcan las parteras, mejor que las otras?" "Ciertamente." "Además, las parteras tienen brebajes y pueden con sus encantamientos estimular los esfuerzos del parto o, si quieren, suavizarlos y facilitar el alumbramiento de las que sufren al dar a luz y favorecer el aborto cuando resulte un feto prematuro." "Es cierto." "Ahora bien, mi arte de partear se asemeja en todo al de ellas; sólo difiere en que se aplica a los hombres y no a las mujeres, y concierne a sus almas y no a sus cuerpos. Sobre todo, mi arte se caracteriza por lo siguiente: se puede probar por todos los medios si el pensamiento del joven ha de parir algo fantástico y falso o genuino y verdadero. Por otra parte, tengo en común con las parteras el ser estéril en sabiduría y se me puede reprochar lo que muchos me reprochan, es decir, que pregunto a los demás, pero no contesto nada acerca de nada, por falta de sabiduría. Y ésta es la causa: el Dios me impone el deber de ayudar a parir a los otros, pero a mí me lo impide. No soy sabio, pues, ni tengo descubrimientos que mi alma haya dado a luz, sino que los que están conmigo parecen al comienzo ignorantes, pero después... hacen un progreso admirable ... Sin embargo, es claro que nada aprendieron de mí, sino que son ellos quienes por sí mismos hallaron muchas y bellas cosas que ya poseían."
La misión de maestro de Sócrates no se cumple si las verdades no son conquistadas activamente por los discípulos mismos. La enseñanza socrática no es dogmática. Estimula la investigación en vez de ofrecer doctrina. Busca que cada cual desarrolle su saber desde el interior.
"Mira cómo este joven contesta buscando conmigo —dice Sócrates, Men., 84 y sigs.— y cómo consigue encontrar ... mientras que yo no hago más que interrogarlo, sin enseñarle nada. Observa si alguna vez hallas que le enseño o le muestro algo en lugar de preguntarle, simplemente, acerca de lo que por sí mismo piensa. Y por eso sucede que tiene ciencia, si se le pregunta de manera verdadera, y la extrae de su interior, sin que nadie le enseñe."
Este método supone y afirma la existencia, en el interrogado, de una potencia espiritual intrínseca y, al convertirla de potencia en acto, tiene que considerar que en su espíritu existe cierto saber congénito o bien cierta capacidad cognoscitiva que tiende a realizarse. La mayéutica contiene en germen, más o menos conscientemente, la convicción que Platón expresa en su teoría de la reminiscencia, cuyo verdadero significado es esencialmente activista, de facultad y esfuerzo de conquista y no de mero vestigio pasivo de una inerte contemplación anterior.
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(Selección de: Mondolfo, Rodolfo: Sócrates. Eudeba. Cap. 6).
La refutación busca hacer consciente la ignorancia, por eso no llega necesariamente a conclusiones positivas, y puede llegar a ser preparación y estímulo para investigaciones ulteriores. Ello a veces resulta irritante para el interlocutor.
"He aquí, por Heracles —dice Trasímaco en República, 337 y sigs.—, la ironía habitual de Sócrates. Yo sabía, y se lo dije antes a esta gente, que tú no querías contestar y que emplearías la ironía y harías cualquier cosa antes que contestar, si alguien te interrogara. Ésa es tu costumbre: no contestar nunca sino, cuando otro contesta, tomar su discurso y refutarlo... He aquí la sabiduría de Sócrates."
Trasímaco personifica a quienes no comprenden el significado de purificación espiritual que la refutación tenía para Sócrates y también —según Proclo, In Parmen., I, 7— para los eleatas y especialmente para Zenón: "Zenón refutaba a los que afirmaban la pluralidad de los entes y purificaba su pensamiento de la tendencia a lo múltiple pues la refutación es una purificación y liberación de la ignorancia y un encaminamiento hacia la verdad".
Para Sócrates, como para los pitagóricos, la purificación y liberación de los espíritus era una exigencia religiosa: sólo mediante ella un espíritu cegado por el error puede reconquistar la vista y hallar el camino de la verdad y del bien. Sócrates considera el hecho de que se lo refute como un beneficio que recibe, igual al que presta a los demás cuando es él quien les refuta sus errores.
"Y, ¿qué hombre soy yo? Uno de los que se dejan refutar con gusto cuando dicen cosas no verdaderas y refutan con gusto a los demás cuando son ellos quienes dicen algo no verdadero y no experimentan más molestias al ser refutados que al refutar; antes bien, creo que aquello es un bien mayor, en cuanto hay más ventaja en ser liberado del peor de los males que en liberar a otros." (Gorg., 458.)
Esta liberación no sólo es un beneficio, sino una exigencia fundamental en el método socrático, según lo explica el Sofista platónico:
"A algunos les parece que cualquier ignorancia es involuntaria y que nadie querría nunca intentar aprender lo que ya cree saber, de manera que la forma de educación exhortativa a duras penas consigue un muy pequeño provecho. Ahora bien, cuando alguien cree decir algo bueno acerca de cualquier asunto y no dice nada, ellos lo van interrogando y, ligando sus opiniones mediante razonamientos, le demuestran que están en contradicción consigo mismas sobre el mismo asunto, al mismo respecto y en el mismo sentido. Entonces ellos, al reconocerlo, se enojan consigo mismos y se hacen benévolos con los demás y se liberan así de opiniones ásperas, con la más segura —para quien la experimenta— de todas las liberaciones. Pues quienes los purgan piensan de la misma manera que los médicos del cuerpo que no creen que éste pueda, antes de expulsar el obstáculo que lleva dentro, aprovechar el alimento que se le ofrece. La misma persuasión tienen los médicos del alma, es decir, ésta no puede aprovechar la enseñanza antes de que la refutación, haciendo que el refutado se avergüence, no le haya sacado las opiniones que le impedían aprender y lo presente puro y convencido de saber sólo lo que en verdad sabe y nada más." (Sof., 230.)
La refutación al engendrar metódicamente la duda es preparación necesaria y estímulo para la investigación.
"¡Oh, Sócrates!, antes de que te conociera me dijeron que todo lo que haces es crearte dificultades a ti mismo y a los otros a fuerza de sembrar dudas en tu cabeza y en la de los demás. Pareces un torpedo marino que deja aturdidos a cuantos lo tocan. Tú me produjiste un efecto semejante: me has aturdido el alma y ya no sé qué contestarte." "Yo —responde Sócrates— me parezco al torpedo si estando aturdido puedo producir en los demás el mismo aturdimiento pues no se trata de que yo esté seguro y siembre dudas en la cabeza de los demás, sino de que, por estar yo mismo más lleno de dudas que cualquiera, hago dudar también a los demás." (Men.t 80.)
Después de haber refutado el error del esclavo interrogado acerca de un problema geométrico, Sócrates observa:
"El esclavo creía saber y contestaba como quien sabe y no tenía ni siquiera la más mínima duda; ahora la tiene: no sabe ni cree saber... Pero, ¿no sabe ahora más que antes? Y al colmarlo de dudas y de aturdimiento, ¿le hicimos daño?" "No". "Más bien me parece que lo hemos encaminado al descubrimiento de cómo es el problema; pues ahora, aunque no sabe, puede buscar con gusto, mientras que antes, sin reflexionar y convencido de que hablaba con razón, habría afirmado que un cuadrado doble debe tener doble lado." "Así es." "Entonces, ¿piensas que se habría puesto a buscar y a aprender lo que ya creía saber, de no sobrevenirle la duda, la conciencia de su ignorancia y el deseo de saber?" "No lo creo." "De manera que ese aturdimiento le ha sido útil." (Men.t 84.)
Después de la refutación, tenemos una segunda parte del método socrático, la mayéutica o arte del alumbramiento...
"¿No has oído decir—pregunta Sócrates, Teet., 148 y sigs.— que yo soy hijo de una hábil y renombrada partera, Fenareta?" "Sí." "¿Y oíste decir, también, que me dedico al mismo arte?" "Eso no." "Pues bien: sabe que ésa es la verdad. Reflexiona en lo que concierne a las parteras y comprenderás mejor lo que quiero decir ... ¿No es natural y necesario que a las mujeres encintas las reconozcan las parteras, mejor que las otras?" "Ciertamente." "Además, las parteras tienen brebajes y pueden con sus encantamientos estimular los esfuerzos del parto o, si quieren, suavizarlos y facilitar el alumbramiento de las que sufren al dar a luz y favorecer el aborto cuando resulte un feto prematuro." "Es cierto." "Ahora bien, mi arte de partear se asemeja en todo al de ellas; sólo difiere en que se aplica a los hombres y no a las mujeres, y concierne a sus almas y no a sus cuerpos. Sobre todo, mi arte se caracteriza por lo siguiente: se puede probar por todos los medios si el pensamiento del joven ha de parir algo fantástico y falso o genuino y verdadero. Por otra parte, tengo en común con las parteras el ser estéril en sabiduría y se me puede reprochar lo que muchos me reprochan, es decir, que pregunto a los demás, pero no contesto nada acerca de nada, por falta de sabiduría. Y ésta es la causa: el Dios me impone el deber de ayudar a parir a los otros, pero a mí me lo impide. No soy sabio, pues, ni tengo descubrimientos que mi alma haya dado a luz, sino que los que están conmigo parecen al comienzo ignorantes, pero después... hacen un progreso admirable ... Sin embargo, es claro que nada aprendieron de mí, sino que son ellos quienes por sí mismos hallaron muchas y bellas cosas que ya poseían."
La misión de maestro de Sócrates no se cumple si las verdades no son conquistadas activamente por los discípulos mismos. La enseñanza socrática no es dogmática. Estimula la investigación en vez de ofrecer doctrina. Busca que cada cual desarrolle su saber desde el interior.
"Mira cómo este joven contesta buscando conmigo —dice Sócrates, Men., 84 y sigs.— y cómo consigue encontrar ... mientras que yo no hago más que interrogarlo, sin enseñarle nada. Observa si alguna vez hallas que le enseño o le muestro algo en lugar de preguntarle, simplemente, acerca de lo que por sí mismo piensa. Y por eso sucede que tiene ciencia, si se le pregunta de manera verdadera, y la extrae de su interior, sin que nadie le enseñe."
Este método supone y afirma la existencia, en el interrogado, de una potencia espiritual intrínseca y, al convertirla de potencia en acto, tiene que considerar que en su espíritu existe cierto saber congénito o bien cierta capacidad cognoscitiva que tiende a realizarse. La mayéutica contiene en germen, más o menos conscientemente, la convicción que Platón expresa en su teoría de la reminiscencia, cuyo verdadero significado es esencialmente activista, de facultad y esfuerzo de conquista y no de mero vestigio pasivo de una inerte contemplación anterior.
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(Selección de: Mondolfo, Rodolfo: Sócrates. Eudeba. Cap. 6).
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