Block. Defendiendo lo indefendible.
PRIMER CASO DE ARGUMENTACIÓN
Walter Block. Defendiendo lo indefendible.
LA PROSTITUTA
Las prostitutas no dejan de ofrecer sus servicios pese a ser perseguidas sin
descanso por ley, Iglesia y comerciantes, entre otros. La prueba del valor de su
actividad es que los clientes continúan buscándolas pese a la oposición legal y civil.
Podríamos definir prostituta como aquella que realiza un intercambio voluntario
de servicios sexuales por una tarifa. Lo esencial de esta definición es el «intercambio
voluntario». En 1958 Norman Rockwell realizó una ilustración para una portada que
mostraba la esencia de la prostitución, aunque no de forma explícita. En la imagen se
podía ver a un lechero y un pastelero descansando cerca de sus respectivos camiones
mientras disfrutaban cada uno de un trozo de pastel y una botella de leche. Ambos
obviamente encantados con su «intercambio voluntario».
Aquellos sin la suficiente capacidad imaginativa no verán la conexión entre la
prostituta entreteniendo a su cliente y la escena del pastel y la leche. Pero de lo que se
trata es de que en ambos casos, dos personas han realizado un intercambio con la
intención de satisfacerse mutuamente. En ninguno de los dos casos hay un fraude o
una imposición. Por supuesto que, a posteriori, el cliente de la prostituta es libre de
considerar que el servicio recibido no valía el precio que pagó, y la prostituta de que
el precio pagado no compensó los servicios que realizó. Lo mismo podría ocurrir en
el intercambio de pastel y leche. La leche podría estar ácida o el pastel poco hecho,
pero estos arrepentimientos vendrían tras el hecho y no alterarían la descripción del
intercambio como «voluntario». Si alguno de los participantes no hubiera deseado
que el intercambio se realizara, este no se habría realizado.
Ciertas personas, como las feministas, se quejan de la difícil situación que viven
las pobres y oprimidas prostitutas que viven una denigrante vida de explotación. Pero
la prostituta no considera que la venta de sexo sea denigrante. Si tras contrastar las
ventajas (pocas horas, alta remuneración) con las desventajas (redadas, comisiones
para los chulos, condiciones de trabajo poco ortodoxas) la prostituta elige continuar
con su trabajo, es obviamente porque lo prefiere.
Por supuesto, hay muchas situaciones negativas que experimentan las prostitutas
que se alejan de la imagen de la «puta feliz». Algunas son drogadictas, otras son
golpeadas por sus chulos, y otras viven en burdeles contra su voluntad. Pero estas
realidades tan sórdidas tienen poco que ver con lo que es intrínsecamente el oficio de
la prostitución. Hay enfermeras y doctores que son secuestrados y obligados a atender
a pacientes fugitivos, hay carpinteros drogadictos, y hay libreros que reciben palizas
de atracadores; pese a ello, difícilmente podríamos deducir que estas profesiones sean
sospechosas, denigrantes o explotadoras. La vida de una prostituta es tan buena o tan
mala como ella quiera que lo sea. Se mete a prostituta voluntariamente, y es libre de
dejar de serlo cuando quiera.
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Entonces, ¿por qué perseguir y prohibir la prostitución? El movimiento
antiprostitución no lo generan los clientes, pues participan voluntariamente en la
transacción. En el momento en que decidan que pagar a una prostituta ya no les
beneficia, pueden dejar de hacerlo. Tampoco lo generan las prostitutas, que
desempeñan su tarea por voluntad propia, y pueden dejar de hacerlo si cambia su
criterio sobre los beneficios relativos.
El afán de prohibir la prostitución viene de «terceros» que no están directamente
implicados en los intercambios. Sus razones varían según el grupo, la zona y la época
a la que pertenezcan, pero tienen en común el hecho de ser partes no implicadas. Ni
participan en el asunto, ni forman parte de él, por lo que deberían ser ignorados.
Permitirles tomar decisiones que afecten a la transacción es igual de absurdo que
permitir a alguien que no tiene nada que ver con el lechero y el pastelero que decida
cómo deben realizar su intercambio.
Si es así, ¿por qué ambos casos se tratan de manera diferente? Imagínese una liga
de «comedores decentes» propugnando la doctrina de que juntar pastel con leche es
algo horrible. Incluso en el caso de que pudiera demostrarse que tanto la liga contra la
leche y el pastel como la liga contra la prostitución tienen el mismo valor intelectual
—<es decir, ninguno— la reacción ante las dos seguiría siendo diferente. La gente se
reiría de los que intentan prohibir juntar leche con pastel, pero serían más tolerantes
con los que intentan prohibir la prostitución. Al intentar analizar el tema de la
prostitución desde un punto de vista intelectual, siempre hay algo que falla. ¿Por qué
no es legal la prostitución? Pese a que los argumentos sostenidos en contra de su
legalización carecen de fundamento, la comunidad intelectual nunca los ha tachado
de falsos.
La diferencia entre un intercambio sexual y cualquier otro, como el de la leche y
el pastel, estriba en la vergiienza del hombre ante el hecho de tener que «comprar
sexo». Uno no puede ser un «hombre de verdad», ni atractivo para las mujeres, si
tiene que pagar por sexo.
Un famoso chiste ilustra este hecho: un hombre atractivo le pregunta a una mujer
muy guapa e «inocente» si accedería a acostarse con él por cien mil euros. La mujer
se escandaliza, pero, tras reflexionar un poco, se da cuenta de que, pese a que la
prostitución es algo horroroso, podría entregar el dinero a caridad o a buenas obras;
además, el hombre resulta carismático, y no parece peligroso ni repugnante, así que,
tímidamente, dice que sí. A lo que el hombre responde «¿Y por veinte?». Y la mujer
se indigna, le da una bofetada y le grita, indignada: «¿pero, cómo se atreve? ¿Qué
clase de mujer se cree que soy?» y el hombre responde: «eso ya ha quedado claro,
ahora estamos discutiendo el precio». El hecho de que tal respuesta suponga un golpe
bajo para la mujer, es prueba de que los individuos implicados en estas actividades
son objeto de escarnio.
La teoría de que pagar por sexo es degradante se puede contradecir de dos
maneras: una de ellas, sería simplemente negar que está mal pagar por sexo, lo cual
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no serviría para convencer a los detractores de la prostitución de que no es mala. La
otra manera sería demostrar que siempre estamos pagando por sexo —todos nosotros,
en todo momento—, y, por tanto, no deberíamos poner reparos a las avenencias entre
una prostituta y su cliente.
¿A qué me refiero al afirmar que todos pagamos por sexo? A que, a fin de
cuentas, para que alguien acceda a tener sexo con nosotros, siempre hay que ofrecerle
algo. En el caso explícito de la prostitución, lo que se ofrece es dinero. En otros
casos, la compra no es tan transparente. El modelo de la mayoría de citas es el mismo
que el de la prostitución: el chico paga el cine, la cena, las flores, etc., y la chica le
recompensa con servicios sexuales. Este modelo también se da en los matrimonios en
que el marido lleva la economía, y la mujer cumple con el sexo y las labores del
hogar.
De hecho, todas las relaciones humanas voluntarias, ya sean amorosas O
intelectuales, son intercambios. En el caso del amor romántico y el matrimonio, se
intercambia afecto, consideración, amabilidad, etc. Podrá ser un intercambio feliz, y
los miembros de la pareja podrán estar encantados con ello, pero no deja de ser un
intercambio. Está claro que a menos que se dé afecto, cariño, o algo, no se va a
recibir nada a cambio. De igual manera, si dos poetas «no mercenarios» no
«obtuvieran nada» el uno del otro, su relación se terminaría.
Donde hay intercambio, hay pago. En cualquier relación en la que haya un
encuentro sexual, como el matrimonio o algunos modelos de cita —como la
prostitución— hay un pago, de acuerdo con la definición de «intercambio». Varios
sociólogos comparan el matrimonio con la prostitución. Pero todas las relaciones en
que hay un intercambio, independientemente de que incluyan sexo o no, son una
forma de prostitución, así que, en lugar de condenar todos estos intercambios por su
similitud con la prostitución, deberíamos considerar a esta un tipo normal de
interacción en el que muchas personas participan. No se deberían poner objeciones a
ninguna de estas tres actividades; ni al matrimonio, ni a la amistad, ni a la
prostitución.
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EL GHULO
Desde tiempos inmemoriales, los chulos han sido tratados como parásitos que
cazan a las prostitutas. Pero para hacer una valoración justa, hay que examinar las
auténticas funciones del chulo.
Un punto clave que necesita ser aclarado es la afirmación de que los chulos usan
la coacción y las amenazas violentas para conseguir prostitutas y asegurarse de
recibir su parte de los beneficios. Aunque algunos chulos lo hagan, ¿es razón
suficiente para condenar la profesión como tal? ¿Existe acaso alguna profesión en la
que nadie haya sido culpable de jugar sucio en ningún momento? Hay obreros,
fontaneros, músicos, sacerdotes, doctores y abogados que han violado los derechos de
sus prójimos. Sin embargo, no por ello son condenadas sus profesiones.
Por la misma razón, no se debería condenar la profesión de proxeneta. Los actos
de un chulo, o, incluso, de todos los miembros del gremio, no pueden ser usados
legítimamente para condenar a la profesión como tal, a menos que estos actos
constituyan necesariamente una parte de la profesión. Por ejemplo, raptar niños es
una mala profesión como tal. Aunque algunos raptores hicieran buenas obras con el
dinero del rescate, como entregarlo a la caridad, o incluso aunque todos ellos lo
hicieran, su actividad seguiría siendo una abominación, porque la acción que la
define es abominable. Si la acción definitoria del oficio de chulo fuera de índole
perniciosa, sería un oficio impugnable. Para evaluar el oficio de proxeneta, hay que
dejar fuera todos los actos condenables que lleven a cabo algunos chulos, pues tienen
poco que ver con la profesión en sí.
La función intrínseca del chulo es la de intermediario. Al igual que el agente
inmobiliario, de seguros, de bolsa, de fondos de inversión, etc., el chulo cumple la
función de juntar a las partes del intercambio por un coste inferior al que supondría
tener que juntarse sin su ayuda. Quien paga a un agente se lleva parte de la inversión,
si no, no le pagaría. Y ese es el caso del chulo, que ahorra tiempo de búsqueda al
cliente. Es más sencillo contactar con un chulo para que te asigne una prostituta que
perder tiempo y esfuerzo en buscarla personalmente. El cliente, además, cuenta con la
seguridad de que la prostituta viene recomendada.
La prostituta también se beneficia. Se ahorra el tiempo que gastaría en buscar
clientes, y el chulo la protege de indeseables y de la policía, pues parte del trabajo de
la policía consiste en evitar que las prostitutas realicen un intercambio voluntario con
adultos que consienten en que tal intercambio se produzca. Además, gracias al chulo,
la prostituta se siente más segura cuando va por la calle o entra en un bar.
La prostituta no está más explotada por el chulo que el fabricante por el
empresario que le maneja los negocios, o que la actriz que paga a un agente un
porcentaje de sus beneficios para que le consiga nuevos papeles. En estos ejemplos el
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patrón obtiene más beneficio del trabajo de su empleado que lo que le cuesta
contratarle, pues, de no ser así, la relación patrón-empleado no se produciría. En la
relación entre la prostituta y el chulo (patrón-empleado) se dan las mismas ventajas
mutuas.
El proxeneta realiza la necesaria función de intermediario, y, al hacerlo, cuanto
menos, está siendo más honorable que muchos otros intermediarios, como los agentes
bancarios, de seguros, o de bolsa. Mientras que ellos se acogen a la legislación
restrictiva para desalentar a su competencia, el chulo nunca puede acogerse a la ley
para proteger su puesto.
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EL CERDO MACHISTA
El movimiento de liberación de las mujeres es una amalgama de diferentes
programas y está compuesto de varios grupos con distintos intereses. El intelecto
discriminador aceptará alguno de los intereses, metas, motivaciones y programas de
este movimiento, y rechazará otros. Sería una insensatez tratar de igual manera a
diferentes líderes con distintos valores y actitudes solo porque se les haya metido en
el mismo saco. Los puntos de vista del movimiento de liberación de las mujeres se
pueden dividir en cuatro grandes categorías, cada una de las cuales requiere una
aproximación independiente.
ACTOS COACTIVOS CONTRA MUJERES
Aparte del asesinato, la coacción más brutal que se puede ejercer contra una
mujer es la violación. Pero en esta sociedad dominada por los hombres, la violación
no siempre es ilegal. Si la perpetra un hombre contra su esposa, no es ilegal. Y, pese a
que la violación sea ilegal cuando se perpetra fuera de la «santidad» del matrimonio,
la actuación de la ley al respecto deja mucho que desear. Por una parte, en caso de
conocimiento previo de la víctima y el violador, el jurado da por hecho que no ha
habido violación. Por otra parte, hasta hace poco en muchos Estados era necesario
que hubiera un testigo para poder probar que hubo violación. Además, si los amigos
del violador juran haber mantenido relaciones sexuales con la víctima, esta será
catalogada de «inmoral», y será casi imposible conseguir un proceso. Si la víctima es
prostituta, es igualmente imposible de conseguir. El motivo legal por el que una
prostituta no puede ser violada es la imposibilidad de forzar a alguien a algo que, en
otras situaciones, hace por placer.
Uno de los aspectos más atractivos del movimiento de liberación de las mujeres
es su apoyo a las sanciones contra la violación, y a las indemnizaciones para las
víctimas. Hasta hace poco, la gente que ocupaba los puestos políticos donde ahora
están las feministas (como los libertarios o la gente de izquierdas), exigían castigos
más ligeros para los violadores, y consentir a los criminales. Según su punto de vista,
todos los crímenes, incluida la violación, eran causados principalmente por la
pobreza, rupturas familiares, falta de lugares de ocio, etc. Y su «solución» derivaba
directamente de esta «perspectiva»: mejor calidad de vida, más parques y zonas de
recreo para los menos privilegiados, terapias, etc. Como contraposición, la insistencia
de las feministas en la aplicación de sentencias más duras —o cosas peores— para
los violadores resulta un soplo de aire fresco.
Pese a que la violación es el caso más grave de coacción contra la mujer
consentida por el gobierno, existen otras. Fijémonos en lo que implican las leyes
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contra la prostitución: son leyes que prohíben el intercambio entre dos adultos que
consienten en que se produzca. Son leyes que atacan a la mujer, porque le impiden
llevar una vida decente. Pero por si esto no deja claro su base misógina, considere el
hecho de que, pese a que la transacción es tan ilegal para el cliente como lo es para el
vendedor, nunca se arresta al hombre (cliente), pero sí a la mujer (vendedora).
El aborto es otro de lo casos: pese a que por fin se ha avanzado algo en el tema, el
aborto sigue estando limitado por normas restrictivas. Tanto la prohibición directa del
aborto como los controles para determinar si se debe o no realizar deniegan el
principio moral básico de que somos dueños de nuestros actos. Por ello, las leyes
antiabortistas son una vuelta a la esclavitud, una situación que se define
esencialmente por el alzamiento de barreras entre la gente y su derecho a hacer lo que
quieran con sus vidas. Si una mujer es dueña de su cuerpo lo es también de su matriz,
y solo ella tiene el derecho absoluto e intransferible de decidir si quiere o no tener un
hijo.
Son múltiples las maneras en que el gobierno promueve la coacción a la mujer o
se involucra activamente en ella. Hasta hace muy poco, por ejemplo, las mujeres no
tenían los mismos derechos que los hombres a la hora de poseer propiedades o de
tomar parte en contratos. Aún hoy hay ciertas leyes que prohíben a las mujeres
casadas, pero no a los hombres casados, vender propiedades o participar en negocios
sin el permiso de sus cónyuges. Los prerrequisitos para entrar a ciertas universidades
son más duros para las mujeres que para los hombres. El infame sistema de
clasificación de las escuelas públicas encasilla a los chicos en actividades
«masculinas (deportes y carpintería)», y a las chicas en actividades «femeninas
(cocina y costura)».
Es importante comprender de que estos problemas tienen dos cosas en común:
son casos de fuerza agresiva usada contra mujeres, y están inextricablemente ligados
a la estructura del Estado. Aunque no sea muy apreciable, es tan cierto para la
prostitución y la violación como para las otras acciones mencionadas, pues las
mujeres no tienen derecho a abortar, a poseer propiedades, o a emprender negocios, y
si lo hacen, serán detenidas mediante coacción, multa o cárcel.
Está claro que tanto el gobierno como los individuos pueden discriminar. Pero
solo la discriminación del Estado y no la privada viola los derechos de la mujer.
Cuando un individuo independiente discrimina, lo hace usando sus propios recursos,
y en su propio nombre; pero cuando es el Estado el que discrimina, lo hace con los
recursos de los ciudadanos y en su nombre. La diferencia es crucial. Si una empresa
privada, como una película, discrimina, corre el riesgo de perder dinero y arruinarse.
La gente en contra de la discriminación retiraría sus fondos o no patrocinaría a la
productora. Sin embargo, cuando es el Estado el que discrimina, la gente no tiene la
opción de retirar sus fondos, y no hay riesgo de ruina. Incluso en el caso de que la
gente opuesta a la discriminación retire sus fondos de instituciones (como los
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estudiantes en la universidad), el Estado tiene otras alternativas: puede subir los
impuestos, y estos deben ser pagados por coacción.
Incluso los ataques a las mujeres están inseparablemente unidos a la estructura
estatal. Comparemos lo que sucede cuando el acoso sexual tiene lugar dentro de un
lugar privado (una tienda) y cuando tiene lugar fuera (en la calle de enfrente de la
tienda). Cuando una mujer es acosada dentro de un lugar privado, la fuerza del
sistema de pérdidas y beneficios del sistema de libre empresa es la que soluciona el
problema. El empresario, por su propio interés, debe evitar y reprender las acciones
agresivas; en caso contrario, perderá clientes. Hay, en efecto, una competición entre
los tenderos por quien proporciona el ambiente más seguro y confortable a sus
clientes. Aquellos que tengan un mejor sistema contra los delincuentes alcanzarán un
mayor nivel de beneficios. Aquellos que no logren alejar a la delincuencia, ya sea
porque la ignoren o porque sus sistemas de seguridad no funcionen, tendrán grandes
pérdidas. Esto, por supuesto, mo es ninguna garantía de que los delitos y
comportamientos ofensivos vayan a cesar. Seguirán ocurriendo mientras la gente
mantenga sus imperfecciones morales. Pero este sistema beneficia, en forma de
ganancias, a aquellos mejor capaces de controlar la situación.
En contraste con lo que ocurre en los lugares públicos, el sistema privado se
acerca a la perfección, pero en lugares públicos no hay ningún incentivo que anime a
solventar el problema. Nadie pierde nada automáticamente cuando una mujer es
acosada O atacada de cualquier manera. Se supone que es responsabilidad de la
policía, pero no obtienen ningún beneficio del sistema de pérdidas y beneficios. Sus
salarios, pagados con los impuestos, no derivan del cumplimiento de su trabajo, y no
pierden nada porque una mujer sea atacada. Está claro por qué la mayoría de acosos
tienen lugar en la calle y no en tiendas.
ACTOS NO COACTIVOS CONTRA MUJERES
Muchas de las acciones que se realizan contra las mujeres no son coactivas en
sentido estricto. Por ejemplo: silbarles, mirarlas con lascivia, reírse de ellas,
insinuarse o flirtear con ellas cuando no lo desean, etc. (siempre teniendo en cuenta
que es difícil saber, antes de empezar a ligar, si el flirteo va a ser bien recibido o no).
Consideremos las insinuaciones que tienen lugar a todas horas entre hombres y
mujeres. Pese a que mucha gente, la mayoría mujeres, no ve ninguna diferencia entre
este tipo de comportamiento y la coacción, hay algo que los distingue de manera
evidente: aunque ambas puedan desagradar a las mujeres, una de ellas es una
agresión física, y la Otra no.
Hay muchos otros ejemplos de comportamientos que se incluyen en la misma
categoría: como el uso de vulgarismos sexuales («culo gordo», o «culazo»), la doble
moralidad, ciertas normas de etiqueta, el fomento del desarrollo intelectual de chicos
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y no de chicas, el oprobio hacia las mujeres que participan en actividades de atletismo
«masculinas», los anuncios «sexistas», y los pedestales en que se sitúa a las mujeres.
Hay dos importantes factores a tener en cuenta en lo referente a estas y Otras
actitudes y comportamientos que pueden resultar ofensivos pero que no son
coactivos: el primero, es que dichos actos no coactivos no pueden legítimamente ser
considerados delictivos. Cualquier intento de hacerlo implicaría la violación masiva
de los derechos de los otros individuos; la libertad de expresión otorga a la gente el
derecho a decir lo que quiera, incluso si se trata de afirmaciones reprensibles o
groseras.
El segundo factor es más complicado y bastante poco obvio. En una gran cantidad
de casos, estos actos reprensibles pero no coactivos son fomentados por actividades
coactivas del Estado que operan en la sombra; como por ejemplo el elevado índice de
terrenos, parques, paseos, carreteras, negocios, etc. Que son propiedad del gobierno.
Estas actividades coactivas, basadas en un sistema de impuestos ilegítimo, son
legítimamente criticables. Si se eliminaran, disminuiría el comportamiento
desagradable pero legal que promueven con la ayuda del mercado libre.
Tomemos como ejemplo el caso de un jefe que acosa a una secretaria de manera
cuestionable pero no coactiva, comparando la misma situación en un lugar público y
en uno privado. Para analizarlo, es preciso entender lo que los economistas llaman
«diferencias compensatorias»; que son las cantidades de dinero necesarias para
compensar a un empleado por los gastos físicos adicionales que implica su trabajo.
Por ejemplo, supongamos que tenemos dos ofertas de trabajo: una de ellas es una
oficina con aire acondicionado, buenas vistas, entorno agradable y compañeros
simpáticos. La otra es un sótano húmedo y los compañeros de trabajo son hostiles.
Sin embargo, lo normal es que haya una diferencia salarial lo suficientemente grande
como para que el trabajo menos agradable resulte atractivo. Siempre existirá una
diferencia compensatoria, aunque la cantidad exacta varíe según el caso.
Al igual que se paga una diferencia compensatoria al empleado del sótano
húmedo, se debería pagar un extra a las trabajadoras de oficina que sufren acoso
sexual. Este aumento salarial debería salir del bolsillo del jefe, en caso de que fuera
un empresario independiente. Así, tendría un gran incentivo monetario para moderar
su comportamiento y el de sus empleados.
¡Pero el aumento salarial no sale de un patrón al servicio del gobierno, ni de una
empresa subvencionada por el gobierno! Lo paga el dinero de los contribuyentes, que
no se recauda para el desarrollo de servicios satisfactorios, sino por coacción. Así, el
patrón tiene menos motivos para ejercer su control. Está claro que este tipo de acoso
sexual, intrínsecamente ofensivo pero no coactivo, es posible a causa de los actos
coactivos del gobierno en el desempeño de su papel como recaudador de impuestos.
Si estos fueran pagados voluntariamente, el jefe, aunque trabajase en una oficina del
gobierno, sería sometido a un control coherente, el de perder dinero si su
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comportamiento ofendiera a sus empleadas. Pero como su salario proviene de los
impuestos coactivos, sus empleadas están a su merced.
Algo parecido ocurre con el grupo de hombres que lanzan silbidos, burlas,
groserías y comentarios despectivos a las viandantes. Unos lo hacen en lugares
públicos como la calle, y los otros lo hacen en lugares privados, como restaurantes O
tiendas.
¿Qué condiciones tendrían que darse para acabar con este comportamiento legal
pero ofensivo? En lugares públicos, no hay ningún interés financiero de ningún
empresario que vaya a poner fin al acoso. Como está asimilado que este
comportamiento es legal, las fuerzas policiales tampoco pueden hacer nada para
frenarlo.
Pero en el ámbito privado, los empresarios que quieren contratar a mujeres o
venderles mercancías (o a hombres que no estén de acuerdo con el trato poco
respetuoso hacia la mujer) tienen un fuerte incentivo para evitar vejaciones
machistas. Por ello, situaciones como la del acoso sexual se dan mayormente en
lugares públicos o en la calle, y casi nunca en tiendas, restaurantes, centros
comerciales, u otros establecimientos que se preocupan por sus beneficios.
EL CERDO MACHISTA COMO HÉROE
El cerdo machista debe ser considerado heroico por estar en contra de dos graves
errores del movimiento de liberación de las mujeres que merecen una
reconsideración.
Las leyes de «mismo sueldo por un mismo trabajo». La cuestión, es, por supuesto,
como definir «mismo trabajo». Si tomamos «mismo trabajo» literalmente, habría que
tener en cuenta todos los aspectos de la productividad del empleado a corto y largo
plazo, incluir diferencias psicológicas, discriminación de clientes u otros empleados,
y la habilidad del empleado para lidiar con las preferencias, inquietudes e
idiosincrasias del empresario. En definitiva, habría que sopesar todos estos factores,
para calcular hasta qué punto un mismo trabajo implica un mismo beneficio para el
empresario. Solo en ese caso, los trabajadores del mercado libre con habilidades
similares obtendrían sueldos similares. Si, por ejemplo, en este caso, las mujeres
cobraran menos que los hombres por el mismo trabajo, al final todos los empleados
cobrarían lo mismo. ¿Por qué? Porque el patrón obtendría mayor beneficio si
sustituyera a los hombres por mujeres. La demanda de hombres disminuiría, al igual
que sus sueldos, y la demanda y sueldos de las mujeres aumentarían; con lo que,
llegados a este punto, los patrones que sustituyeran a las mujeres por hombres
tendrían una ventaja competitiva sobre los que no lo hicieran. Los patrones que
antepusieran el beneficio obtendrían mayores ganancias que los que discriminaran,
quienes, de no cambiar la situación, tarde o temprano serían superados por los otros y
acabarían en bancarrota.
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Lo cierto es que lo que tienen en mente los partidarios de que se pague lo mismo
por el mismo trabajo no es exactamente este tipo de igualdad. Su definición de
«igualdad» incluye mismos años de aprendizaje, habilidades equivalentes, mismas
titulaciones, y, quizás, mismas puntuaciones en pruebas de cualificación. Sin
embargo, personas técnicamente idénticas según estos criterios, pueden tener
habilidades muy diferentes para hacer que el patrón obtenga beneficios. Tomemos
como ejemplo dos trabajadores, un hombre y una mujer, con misma puntuación en
pruebas y mismas notas en sus estudios. Es un hecho indiscutible que, en caso de
quedarse embarazada, la mujer tenderá a quedarse en casa a criar al niño. Las
consideraciones acerca de lo justo de esta costumbre son irrelevantes. Lo que importa
es si es productivo o no. Si la mujer interrumpe su trabajo para quedarse en casa, será
de poco valor para el patrón. En este caso, pese a que el hombre y la mujer tengan la
misma cualificación, a la larga el hombre resultará más productivo, y, por tanto, de
mayor valor para el patrón.
Paradójicamente, muchas de las evidencias de que los hombres no son igual de
productivos que las mujeres vienen del propio movimiento de liberación de las
mujeres. Se han hecho muchos estudios en los que se analizaba a hombres y mujeres,
primero separados por sexo, y luego compitiendo todos juntos. En algunos de los
casos en que se separó a hombres de mujeres, estas demostraron mejores habilidades
innatas; sin embargo, cuando se juntaban los dos grupos, los hombres obtenían
mayores puntuaciones invariablemente. De nuevo hay que enfatizar que no estamos
hablando de justicia sino de resultados. De lo que se trata es de que en el mundo
laboral, las mujeres siempre están compitiendo con los hombres. Si permanecen
constantemente por detrás de ellos, y no son capaces de darlo todo cuando compiten
con ellos, son de poca ayuda para que el patrón consiga beneficios. Si las mujeres son
iguales que los hombres en pruebas de cualificación, pero inferiores a ellos a la hora
de maximizar los beneficios, la ley de igualdad de pago por el mismo trabajo se torna
catastróficamente en contra de las mujeres.
Sería un desastre porque las comisiones por mayores beneficios funcionarían al
revés: en lugar de ejercer una fuerza que llevara a despedir hombres y contratar
mujeres, el mercado haría que los patrones despidieran a sus empleadas y las
sustituyeran por hombres. Si se les obligara a pagar lo mismo a hombres y mujeres,
pese a que no fueran igualmente productivos, el interés por conseguir beneficios
provocaría que todas las mujeres fueran sustituidas por hombres. Los patrones que se
unieran a la postura feminista, e insistieran en mantener trabajadoras, sufrirían
pérdidas, y perderían su posición en el mercado. Los patrones que prosperasen serían
los que no contrataran mujeres.
Es importante recalcar que la tendencia de pagar igual a hombres y mujeres de
similar productividad se da solo en el mercado libre. Solo en el sistema de libre
empresa hay incentivos económicos para contratar a mujeres altamente productivas
por poco dinero, aprovecharse de su situación, y con ello obtener mayores beneficios.
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En el gobierno y las organizaciones sin ánimo de lucro, estos incentivos, por
definición, no existen. Es casi un accidente, pues, que la práctica mayoría de abusos a
mujeres en este sentido tengan lugar en el gobierno y en lugares sin ánimo de lucro,
como colegios, universidades, librerías, fundaciones, centros de servicios sociales, y
servicios públicos. Se presentan pocas acusaciones de desigualdad de pago en lugares
relacionados con informática, publicidad o medios de comunicación.
LEYES CONTRA LA DISCRIMINACIÓN
El McSorley*s es un bar de Nueva York que solo permitía la entrada a hombres,
hasta que se «liberó», y sirvió por primera vez a mujeres, al amparo de la nueva ley
neoyorquina contra la discriminación. Fue aclamado como un gran paso adelante por
libertarios, progresistas, y feministas. La filosofía básica de la ley y la consecuente
liberación del McSorley*s es que es ilegítimo discriminar clientes potenciales en base
a SU Sexo.
Si los fallos de esta filosofía no se aprecian a priori, lo harán tras considerar
varias reductiones ad absurdum: si esta filosofía se aplicara estrictamente, por
ejemplo, ¿no sería discriminatorio separar los servicios de hombres en los lugares
«públicos»? ¿Y las residencias de hombres? ¿Qué hay de los hombres homosexuales?
Podría acusárseles de «discriminación» contra las mujeres. ¿Y las mujeres que se
casan con hombres, no estarían discriminando a otras mujeres?
Estos ejemplos, por supuesto, son ridículos, pero coherentes con la filosofía
antidiscriminatoria. Si son ridículos, es porque la filosofía es ridícula.
Es importante que nos demos cuenta de que todas las acciones humanas implican
discriminación en la única definición sensata de este término del que tanto se abusa:
escoger la alternativa que mejor sirve a los intereses particulares, de entre todas las
disponibles. No hay acción humana que no cumpla con este axioma. Discriminamos
cuando elegimos una pasta dentífrica, un medio de transporte, o una pareja con la que
casarnos. La discriminación de un gourmet o de un catador es igual que la que realiza
cualquier ser humano, y no se puede considerar diferente. Cualquier ataque contra la
discriminación es un intento de restringir opciones que están abiertas a todos los
individuos.
¿Y que hay de la opción de la mujer de beber en el McSorley*s? ¿No se violaba su
derecho a elegir? No. Lo que experimentaba la mujer es lo mismo que experimenta
un hombre cuando una mujer rechaza su avance sexual. Una mujer que se niega a
tener una cita con un hombre no es culpable de violar sus derechos, pues sus derechos
no incluyen una relación con ella. Existe la posibilidad, pero no es un derecho, a
menos que ella fuera su esclava. El caso del hombre que quiere beber en compañía de
otros hombres es el mismo, no es culpable de violar los derechos de la mujer, pues los
derechos de la mujer no incluyen el beber con gente que no quiera beber con ellas.
Este derecho solo sería aplicable en una sociedad esclavista en la que el amo pudiera
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forzar al esclavo a cumplir sus deseos. Cuando las fuerzas contra la discriminación
imponen su filosofía en el pueblo, le están clavando las garras de la esclavitud.
Mientras el cerdo machista se resista a estas tendencias, debe ser considerado un
héroe.
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